sábado, 30 de julio de 2011

Noche de verano

Añón de Moncayo.

Noche de verano.
Es una hermosa noche de verano.
Tienen las altas casas
abiertos los balcones
del viejo pueblo a la anchurosa plaza.
En el amplio rectángulo desierto,
bancos de piedra, evónimos y acacias
simétricos dibujan
sus negras sombras en la arena blanca.
En el cénit, la luna, y en la torre,
la esfera del reloj iluminada.
Yo en este viejo pueblo paseando
solo, como un fantasma.
Antonio Machado.

Leyendo a Machado pensaba que era imposible conocer su poesía y no amarla, chispazos de luz trajeron al presente las enseñanzas de aquel maestro que nos sumergió en las profundidades del verso y de la prosa. En aquel entonces no era consciente del tesoro que mi profesor de literatura, Javier Barreiro, estaba depositando en nosotros. Disfrutaba mucho con sus clases, era increíble como exprimía un pequeño texto sacando un delicioso y divertido jugo de entendimiento.

Todo aquello quedó oculto en la cueva del pasado, un lugar en nuestra mente al que solo podemos regresar cuando estamos preparados para entender. Para ello tenemos que seguir las pistas y realizar las conexiones necesarias que nos ayuden a encontrar la cruz que quedó marcada en el mapa de nuestros recuerdos.

Cuando engulles la literatura puedes no reparar en la poesía, hay que desatar el nudo para llegar al desenlace y no hay tiempo para volver atrás y deleitarte con lo ya leído, quieres conocer el final lo antes posible. En el nudo de la vida, a veces, hay poco tiempo para literaturas pero el Moncayo es el lugar ideal donde poder ralentizar y recuperar lo que quedó atrás. Y esta noche de verano, paseando por un viejo pueblo de la mano de Machado, se hace la luz y recupero los secretos que un día me reveló un gran maestro. Es tiempo de poesía en un lugar de poetas.


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